Hace tanto tiempo que no escribo que me va a costar un poco retomar la costumbre de mantener actualizado esta especie de diario público que mostramos al mundo...
Han pasado tantas cosas que no podría contarlas aquí todas, y la verdad es que han sido unas vacaciones también de blog.
Ha sido un verano que se me ha hecho corto, extraño, agridulce.
Tras unas relajantes vacaciones en Cantabria, pasé fugazmente un par de días en Córdoba, lo suficiente para, por suerte y sorprendentemente, poder despedirme de mi abuelo.
Al final no te dio tiempo, abuelito. No te dio tiempo a llegar a conocer a tu primer bisnieto, ni a verme en mi boda. Pero ya era tu momento, y necesitabas marcharte ya.
Te fuiste con todo nuestro amor, cariño y respeto por tí, porque eres la persona más buena que he encontrado en mi vida. Todo corazón, todo comprensión, lo dabas todo antes de que te lo pidieran, un corazón leal como ningún otro. Qué ganas tenías de verme en mi boda, y conocer al niño que viene en camino. Supongo que te hicimos esperar demasiado...
Después, en agosto, letargo veraniego en madrid, yo sin muchas ganas de nada, con mi tristeza bebiendo lluvia, como la canción de bosé. Por lo menos hubo tranquilidad en el trabajo, lo que agradecí de verdad. Cuando falta el ánimo, se agradece que a una la dejen trabajar tranquila.
Después ha llegado septiembre, con sus primeros aires fríos y sus primeras tormentas.
Aún sigo sin demasiado ánimo en mi vida diaria de madrid, la ciudad cada vez me gusta menos (y ya es decir...) y cada vez noto más la soledad que te invade al sentirte en medio de una ciudad masificada de gente, de historias, de desinterés, de indiferencia. La soledad en medio del bullicio. Está todo lleno de gente pero, por eso mismo, no le imortas a nadie de las personas que te rodean en la calle, en el metro, en las escaleras mecánicas, en los semáforos. Más vale que no te caigas o te desmayes en la calle, porque te tocará levantarte solo/a. A nadie le interesa nada cómo eres, cómo estás, si te sientes bien, mal, enferma, contenta,... porque cada uno tiene sus propios problemas y la gente va por la calle como zombis, alienados, como si fueramos un mundo de máquinas que caminan, caminan... Ni te miran a los ojos ni quieres que tú les mires, siempre miradas furtivas, siempre a la defensiva...
A mí me gusta la mirada franca, directa, la simpatía que te brinda la gente en las ciudades más pequeñas, más humanas, más cálidas. Yo no soy de madrid. Y no me gusta, y no creo que nunca pueda llegar a acostumbrarme.
Ahora estoy en córdoba, he venido a pasar unos días con mi hermana, que está a punto de dar a luz uno de estos días. Llevo aquí unos pocos días y me doy cuenta de que estoy bien, a gusto, tranquila, serena... Camino por la calle y no siento la necesidad de correr, de rehuir la mirada de la gente, de no confiar en nadie.
Dios, que gusto.
Además estoy aprovechando los días para mimar mucho a mi hermana, para dedicarle tiempo, compartir con ella muchas charlas y risas que nos debíamos desde hace tiempo, darle masajitos, ayudarla, pasear con ella, y buscar trucos caseros para acelerar el parto, porque ya está que no puede más la pobre...
Están siendo unos días muy buenos. No se si me dará tiempo a conocer a mi sobrino, porque me tengo que ir el lunes sin más demora, pero ojalá para esa fecha ya haya nacido mi pequeño sobrinito...
Bueno, al releerlo parece que este post me ha salido amargo a ratos, pero es lo que siento en estos momentos...
También influye que son las 2:45 de la madrugada y no se muy bien por qué estoy aún levantada.
Bueno, en fín, que mañana será otro día y que espero mantener este blog algo más actualizado...
Espero que todos hayáis pasado un verano fantástico y que hayáis empezado septiembre con buen pie (o casi sin rastros de depre postvacacional)
Saludos
Anita